Estaba sentada, cansada, en un sillón azul gigante, mirando el paisaje por la ventana de al lado, mientras las notas de “ White Rabbit” venían de mis auriculares. Después de pestañear lo que me pareció una vez, yo había terminado por llegar a un sitio completamente inexplicable y ajeno. Todo era monótono, el mismo color gris sin ninguna variedad. Estaba frente a una puerta casi redonda conectada con un túnel largo y desorientando, empecé a andar y el túnel se disolvió en la oscuridad detrás de mi.
Seguí caminado por un tiempo indefinido, tal vez minutos, horas, días, oyendo una voz incomprensible en la distancia. Entonces, sin aviso, estaba en una sala muy extensa y estéril con relojes dispersos por las paredes. Me sentía diminuta y confundida pero totalmente consciente. De nuevo yo deambulé por el área sin hacer caso a las imágenes vibrantes que pasaban por el mismo espacio, todo estaba fuera de mi control. Sin saber el momento exacto, con una sacudida, llegué a la salida de mi laberinto metafórico. Comencé a sentirme más grande cuando fluyó un aire intoxicante a mi alrededor y el cuarto anterior disminuyó a mis espaldas, como si yo estuviera creciendo. Había entrado por la primera puerta y ésta me había depositado en un mundo más raro que el anterior. Oí una sinfonía chocante de gritos y risas y máquinas trabajando. Había seres inusuales moviéndose en secreto junto a mí, quienes poseían ojos negros y profundos, todos enigmáticos.
En mi estado de aletargamiento un rostro desconocido se acercó, poco a poco, a donde yo estaba parada. Por fin, una boca extranjera me dijo “ Eres Vanesa, verdad? bienvenida a Quito”.
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